Los abuelos son magos con capacidad de crear recuerdos inolvidables para sus nietos.
Siempre he pensado que de todo se aprende, que nadie nace aprendido, y que siempre hay que seguir aprendiendo y adquirir más y más conocimiento, renovarse, seguir formándose y nunca parar de luchar por lo que verdaderamente queremos.
En realidad, creo que eso lo heredé de mis abuelos, ellos eran unos luchadores y aprendí de ellos grandes cosas que a día de hoy tengo en mi memoria, pero como buena cocinera no puedo evitar siempre recordar cada uno de los sabores y aromas que rodeaban a mi abuela cada vez que cocinaba delante de sus humildes fogones.
Tengo presente como si hubiera pasado hoy mismo, el día de Navidad donde mi abuela hacia un gran puchero de donde todos comíamos, y ponía su gran fogón con su bombona en el suelo porque en su pequeña cocina no entraba una olla tan grande, y desde primera hora de la mañana tenia ese delicioso puchero cociendo, con todos sus manjares mezclándose entre sí, poco a poco, con cariño, sin prisa pero sin pausa, dejando un olor por toda la casa que cuando entrabas por la puerta de la casa te hacia ir casi volando hacia la cocina, y ahí estaba ella, con su mandil azul, con sus rulos esperando a que viniera mi madre a peinarla, y con la cuchara en la mano, esperando a que mi abuelo intentará meter la mano en el puchero para pegarle con ella en la cabeza y con todo preparado esperando a que llegáramos todos para comer en el comedor, si esa parte de la casa que solamente se usaba cuando era día de fiesta y que mi abuela guardaba con tanto recelo.
Y que decir de sus albóndigas, las cuales por mucho que mi madre y yo intentemos hacerlas igual que ella, siguiendo sus pasos al pie de la letra, nunca conseguimos el mismo sabor que ella le daba, porque hay un ingrediente que nosotras no podemos añadir, y es el amor de abuela.
Como me acuerdo de sus patatas fritas, que en realidad si lo piensas bien, no tienen ningún misterio, pero que es sus manos eran manjar de dioses y de las cuales solamente a sus nietos les dejaba coger de vez en cuando una de la bandeja, mientras que se terminaban de freír las que quedaban en la sartén, pero que mi tía y mi madre tenían seguro que recibirían un “cazazo” si se acercaban al plato. Sí, mi abuela hubiera sido una buena lanzadora de pesos pesados.
Todos estos recuerdos nunca quedarán atrás, en mi quedan todos esos sabores, todas esas recetas, todos esos platos que mi bisabuela enseño a mi abuela, y mi abuela a mi madre y que mi madre me ha enseñado a mí, la herencia gastronómica es el mayor tesoro que podemos recibir.
Cuidemos de nuestros mayores, no olvidemos que ellos siempre han cuidado de nosotros, han mirado mil veces nuestra película de dibujos favorita cuando éramos bebes, han jugado a ese juego que nosotros no nos cansábamos de jugar, han estado horas esperando a que saliéramos del colegio, o de clases particulares, han venido a vernos a obras de teatro, playbacks y siempre han sido nuestros fans incondicionales y nos han dejado su mejor legado, toda su sabiduría. Nunca perdamos eso.
